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Cine de animación adulto

Escrito por José A. Planes Pedreño

Wall-eWall-e (2008), Up (2009), y Toy story 3 (2010), las tres últimas y excelentes películas de la factoría Pixar, ponen de manifiesto hasta qué punto el cine de animación disfruta de uno de sus periodos más fecundos. La animación tridimensional ha incorporado unas cotas de expresividad que hoy nos parecen muy difíciles de superar.Sin embargo, no deberíamos quedarnos embelesados únicamente con la factura técnica, puesto que la verdadera fuerza de las producciones auspiciadas por John Lasseter proviene de otro lado. Del cine de Pixar nos seduce su poderoso aliento humano, el cariz realista que transpiran sus fantasías, las lúcidas apelaciones que manejan sus guiones, llenos de aristas y matices.

Pero el fenómeno Pixar es la punta del iceberg de otro fenómeno todavía mayor, que no es otro que la proliferación de películas animadas con nuevos y variados horizontes, dirigidas al público adulto, rodadas con técnica tradicional 2D, rotoscopia y stop-motion. Puede que algunas de las obras que aquí mencionaremos queden aún lejos de la excelencia de la factoría Pixar, sin embargo, la animación audiovisual de la primera década del siglo XXI es, con todo, un apasionante «mundo paralelo» en el que merece la pena zambullirse.

Como es lógico, existen muchos precedentes de esta vía «adulta» del cine de animación, como las figuras de Jiri Trnka, Norman McLaren, Karel Zeman o Tex Avery, o determinadas aportaciones singulares como El submarino amarillo (George Dunning, 1968), El gato caliente (Ralph Bakshi, 1972) y Orejas largas (Martin Rosen, 1978). De eseWatership down espíritu artesanal ha bebido Bill Plympton, un animador independiente que lleva décadas demostrando que la animación es capaz de producir miradas muy corrosivas. Plympton deforma cuerpos y rostros para realizar certeras observaciones sobre nuestras costumbres y vida cotidiana, sacándolas de contexto, ridiculizándolas, casi siempre a través del humor negro y con constantes alusiones a la violencia y al sexo. Este paisaje de acento surrealista se adivina en sus cortometrajes y también en Idiots & Angels (2008), su última película hasta la fecha. Aunque sus trazos y colores son muy básicos, bidimensionales, las obras de Plympton utilizan el lenguaje animado para poner en escena el reverso tenebroso de nuestra realidad más inmediata. También en esta línea de humor limítrofe con lo esperpéntico y lo paródico debemos situar dos propuestas bien diferentes: Bienvenidos a Belleville (Sylvain Chomet, 2003), cuya encomiable comicidad, silente durante todo el metraje, se inspira en el cine de Jacques Tati; y, sobre todo, Team America: La policía del mundo (Trey Parker, 2004), una disparatada sátira sobre un comando estadounidense encargado de desbaratar atentados terroristas en misiones internacionales. Rodada con la técnica del stop-motion, resultan desternillantes las soluciones visuales con que se reeditan, con indisimulado sentido artesanal, los tópicos y lugares comunes de las action movies parodiadas.

Otro de los alicientes expresivos del lenguaje animado ha sido la recreación del mundo de los sueños, algo de lo que se ha tratado de aprovechar el director norteamericano Richard Linklater en Waking life (2001) y A scanner Darkly (2006), dos aproximaciones a la ciencia ficción futurista rodadas con la técnica de la rotoscopia, consistente en calcar fotograma a fotograma unas imágenes rodadas previamente de forma convencional. El resultado no es demasiado convincente, la verdad, por lo que surge una cuestión que muchos cineastas deberían formularse: ¿cuándo realizar una película en animación y cuando en carne y hueso? La realidad, en este caso, es que las dos películas de Linklater no aportan nada reseñable, todo lo más, una ilustración más bien fría y mecánica del material rodado. Donde sí apreciamos, sin embargo, el aprovechamiento de los procedimientos visuales y escénicos es en la cinta francesa ReinassenceReinassence (2006), donde el imponente blanco y negro baña la futurista y desoladora ciudad de París en una historia de ciencia ficción, cine negro y thriller. No es muy difícil concluir, entonces, que el mundo de la animación resulta especialmente idóneo para la plasmación de distopías y lucubraciones sobre el futuro de la humanidad; la inventiva e imaginación de los dibujos animados brillan con luz propia en territorios como la ciencia ficción y la fantasía. No en vano, la primera adaptación de una de las obras capitales de la literatura fantástica, El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, fue precisamente una producción animada. La realizó en 1978 el ya citado Ralph Bakshi –también con la técnica de la rotoscopia–, y hoy está considerada una obra de culto.

Pero el camino de la fantasía no es el único. Persépolis (2007) y Vals con Bashir (2008), dos películas multipremiadas en diversos festivales, nos han abierto recientemente los ojos sobre las posibilidades de cultivar la animación en géneros radicalmente diferentes, tales como el bélico y la crónica social. Persépolis narra la historia de una niña inmersa en la revolución de Irán, con un arco temporal que abarca desde 1978 hasta la actualidad. Relato ágil, dinámico, de tono desafectado e intenciones muy didácticas, contiene un trasfondo muy ácido sobre Occidente como supuesto paraíso de las mujeres iraníes, pues, a pesar de contar con unos derechos civiles desconocidos en su país de origen, Marjene, la protagonista, se encuentra con un mundo de clichés y valores permeables cuando se establece en París para huir del represor ambiente iraní. La limpieza y simplicidad de la animación contribuyen enormemente a valorar los acontecimientos sin una empatía e identificación manifiesta.

Por su parte, Vals con Bashir nos sumerge en el frágil y quebradizo reino de la memoria histórica para narrarnos el proceso de clarificación de un individuo sobre el papel que desempeñó en la matanza palestina que tuvo lugar en Líbano en 1983. Estructurada como si de un documental de entrevistas se tratara, los pasajes oníricos, de intensas tonalidades, alumbran una propuesta original y arriesgada, un punto y aparte en el género de animación. Claro que si hablamos de películas rupturistas, debemos sacar a colación Princess (Anders Morgenthaler, 2006), un terrible cuento moral adscrito al movimiento Dogma 95 sobre la culpa, el fanatismo religioso y el fascismo en donde la imagen animada y la real sPrincesse abrazan con especial eficacia. Destaca, en particular, la escena de un accidente automovilístico cuyo montaje alterna los impactos del vehículo con escenas reales y animadas, en una unidad de estilo sencillamente brillante. Lo importante es, no obstante, que la oscura parábola subyacente no habría alcanzado todo su potencial dramático de haberse rodado de forma convencional.

La animación audiovisual parece, pues, preparada para acometer empresas estéticas cada vez más difíciles y arriesgadas, en igualdad de condiciones que la imagen real. Lo que en décadas pasadas fueron experiencias aisladas cuando no trayectorias marginales, hoy día, con la fecunda cosecha producida en la primera década del siglo XXI, se avecina un panorama muy optimista. Así lo han entendido cineastas tan dispares como Tim Burton, con Pesadilla antes de navidad (Henry Selick, 1993) y La novia cadáver (2005); y Wes Anderson, que dirigió hace un año la espléndida Fantástico Mr. Fox (2009). Bajo esta nueva concepción, tal vez estemos en disposición de valorar como merece el cine de Hayao Miyazaki, que sigue desconcertándonos, todavía hoy, con maravillosas historias impregnadas de la mitología nipona y una visión animista de la naturaleza, entre ellas, su mayor reconocimiento crítico, El viaje de Chihiro (2001), Oso de Oro a la mejor película en el Festival de Berlín y Oscar a la mejor película de animación. Pero el maestro japonés no se ha quedado saboreando las mieles del éxito. Su última obra, Ponyo en el acantilado (2008), es una de las más apasionantes historias de amor del reciente cine contemporáneo. Claro que, como dirían en la novela La historia interminable, esta es otra historia –la de Miyazaki– que deberá contarse en una mejor ocasión.

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