.

Excepción cultural y proteccionismo

Escrito por Administrador
logo paramountLa UNESCO ha sancionado por ciento cuarenta y ocho votos a favor y sólo dos en contra (los de Estados Unidos e Israel) la llamada «excepción cultural», es decir, que los productos culturales, en especial el cine y la música, no sean tratados como simple objetos de transacción mercantil. Con otras palabras, que no estén sometidos a la liberalización de mercados que obliga a los estados e instituciones a no subvencionar o proteger ciertos artículos con medidas que preserven su existencia y viabilidad ante competidores más fuertes y bien asentados.
Hace ya años que Francia alzó esa bandera ante las transnacionales norteamericanas de la distribución cinematográfica que, invocando la libre circulación mundial de productos comerciales, se oponían a las legislaciones de ciertos estados que, para defender el cine propio, fijaban cuotas o porcentajes de estrenos nacionales y extranjeros, subvencionaban ciertas producciones antes o después de su estreno o les otorgaban beneficios fiscales o financieros (los llamados «créditos blandos»).
 
La poderosa MPAA, que engloba a las majors de Hollywood, ya ha fijado su posición contraria a esta decisión de la UNESCO que pretende preservar la «diversidad cultural» y evitar la pura y simple desaparición de ciertos cines nacionales, penalizados por su ínfima estructura industrial, la dimensión muy pequeña de su mercado y la dependencia de los títulos foráneos para programar sus salas de cine.
 
No soy partidario, sin más, del proteccionismo cinematográfico. Tal como se ha practicado, al menos en nuestro país, ha conllevado «daños colaterales» nada desdeñables. Me refiero, por ejemplo, a la época franquista o la del primer gobierno socialista tras la transición democrática (a la llamada «ley Miró»). El resultado fue un «cine dirigido», hecho no para el público, sino para los funcionarios que otorgaban las ayudas, que además impidió el crecimiento industrial, pues se ayudaba a los directores y no a los productores, y se fomentó la picaresca inflando salarios y presupuestos para recibir una cantidad neta superior a la que realmente correspondía a la inversión realizada.
 
Tiene peligros el proteccionismo, aunque es mucho más grave verse compitiendo en condiciones desiguales con los gigantes del cine mundial. Porque, por ejemplo, esas películas norteamericanas que ocupan la mayoría de nuestras salas se presentan dobladas al castellano y no en versión original. Y los exhibidores se ven obligados a contratarlas con unas cláusulas leoninas por parte de esas compañías distribuidoras (lotes, tantos alzados, porcentajes usurarios...). Esto tampoco es, precisamente, un mercado libre... sino prácticas inadmisibles de un oligopolio puro y duro.
 
Mientras persistan estas circunstancias de «comercio injusto» y no se corrijan ciertos desequilibrios que distorsionan la oferta y la demanda, bienvenida sea la «excepción cultural». Es la única forma de proteger la «cine-diversidad» y hacer viable la existencia de otro cine diferente al monocorde de Hollywood.
 
¿Quién dijo que no debe haber más ley que la del mercado?.

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.