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La serialidad en el cine actual

Escrito por Pedro Sangro
a334[1]Tal y como afirman Xavier Pérez y Jordi Balló en su imprescindible libro Yo ya he estado aquí. Ficciones de la repetición (Anagrama, 2005), existe una incuestionable atracción por la serialidad en la narrativa contemporánea de la que tampoco escapa el cine. Cuando Peter Jackson afirma: “mi película favorita es el King Kong original de 1933; quizá por eso quería rodarla yo también”, reconoce abiertamente que “repetir”, es, de alguna manera, una forma de acceder a la creación revisitando su origen. Si bien es cierto que la serialidad cinematográfica es un fenómeno sustentado por factores tales como la estrategia industrial inherente al medio, su convergencia con la televisión, o su herencia de la tradición oral y literaria (en la que la repetición y expansión de los universos ficcionales era, desde los textos clásicos, una práctica habitual); no menos cierto es el hecho de que la actitud consciente de “repetir”, no supone, necesariamente una renuncia a la invención.
 
Todo lo contrario: el continuismo seriado de la narrativa fílmica contemporánea debe ser valorado como una práctica creativa sustentada en el placer del reconocimiento y la renovación que sienten los cineastas con respecto a los textos que preceden y justifican la existencia de sus obras, lo que permite el relevo progresivo de los autores previos por otros -los espectadores futuros-, que, con el tiempo, acaban apoderándose de la obra erigiéndose como nuevos autores de la misma.
 
Los lugares comunes a los que el cine se acoge todavía en nuestros días (argumentos universales, personajes arquetípicos, motivos visuales de simbología asentada, universos ficcionales en expansión, temas recurrentes, etc.) pueden agruparse bajo distintas denominaciones bien conocidas por el gran público (adaptación, remake, cita, parodia, secuela, precuela, primer episodio, spin off, etc.) No ha de extrañarnos, entonces, que de las 400 películas estrenadas en nuestro país en el año 2005, más de 150 títulos beban directamente de una obra anterior, sumándose a la cadena de serialidad como estrategia de producción artística. Sin ninguna pretensión de minuciosidad, nos parece interesante trazar, a tenor de las reflexiones vertidas, un breve recorrido por las opciones de serialidad resultantes de un fugaz vistazo al listado de cintas estrenadas en el año que dejamos atrás.
 
En primer lugar, podemos referir que en el año pasado se han estrenado casi cerca de cuarenta remakes temporales, es decir, obras que, como King Kong (Peter Jackson, 2004), proponen una nueva versión de un título anterior en el tiempo, en este caso, el clásico de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack (1933). Pasan también de la quincena, como variante del remake, las continuaciones en forma de secuela, como por ejemplo Los padres de él (Meet the Fockers, Jay Roach, 1995), reformulación camuflada de segunda parte de los elementos narrativos que hicieron triunfar a Los padres de ella (Meet the parents, Jay Roach, 2000). Algunos títulos se centran en aportar un nuevo episodio de un personaje ya conocido por el público; tal es el caso de películas como la exitosísima Torrente 3: el protector (Santiago Segura, 2005), tercera entrega de las aventuras del casposos detective tras Torrente, el brazo tonto de la ley (1998) y Torrente 2: misión en Marbella (2000). Otro tipo de remake (del que, al menos, hemos encontrado tres títulos) es la precuela, cuya característica es la de situar los acontecimientos narrados en un tiempo fílmico anterior al de las películas precedentes; un ejemplo paradigmático lo encontramos en La venganza de los Sith (Star wars: episode III-Revenge of the Sith, George Lucas, 2005). También cinco títulos utilizan la serialidad para producir un remake espacial, o sea, un film que adapta para otro público (cultural y geográficamente hablando) una obra ya existente en otra cinematografía; por ejemplo: Dark Water (Walter Salles, 2005) traslada a Estados Unidos la película homónima japonesa (Ringu, Hideo Nakata, 1998). Encontramos un puñado de filmes que se presentan abiertamente como el último episodio de una saga que llega a su fin; tal es el caso de Blade Trinity (David S. Goyer, 2004), tercera y última de las entregas tras Blade y Blade II, según su director, concebidas desde un principio como una trilogía. Igualmente, algunas películas se presentan como el primer episodio de una saga que arranca; un ejemplo sería Eleni (Trilogia I: To Livadi pou dakryzei, Theo Angelopoulos, 2004), primera parte de un tríptico que el veterano director pretende dedicar a la historia de Grecia a lo largo del siglo XX. Otra opción de repetición es considerar como remake el reestreno de una obra clásica restaurada gracias a la tecnología actual; en este año se puede mencionar, al menos un caso: Othello (Stuart Burge, 1965). Un caso de expansión diegética de formato se da cuando los personajes de un texto llegan al largometraje desde otro tipo de formato, como les sucede, por ejemplo, a las figuras de arcilla de Wallace Gromit: la maldición de las verduras (Wallace Gromit: the curse of the were-rabbit, Nick Park y Steve Box, 2005), pareja protagonista de tres cortometrajes anteriores: A grand day out (1989), Los pantalones equivocados (1993) y Un afeitado apurado (1995). Otra variante clara del remake es la parodia, de la que, al menos, hemos encontrados tres casos claros, siendo el más extremo Espías supersecretos (Double zéro, Gérard Pirès, 2004), un film que bebe de las películas de James Bond, Austin Powers, y Los ángeles de Charlie en clave de humor. Nos atrevemos a llamar revisitación a los casos en los que un autor, de forma consciente, vuelve a retomar en su película una obra propia anterior como estrategia creativa. De los cuatro casos hallados referimos el de Veinte años no es nada (Joaquín Jordá, 2005), cuyo director rodó en 1980, Numax presenta…, un documental que narraba la experiencia de los trabajadores de una fábrica a punto de cerrar, cuyas imágenes, recuperadas ahora, exploran en la revisión del nuevo film la situación de estos trabajadores treinta años después con la intención de reflexionar sobre el tiempo transcurrido.
 
En el capítulo de las adaptaciones, lo más interesante es señalar la variedad y cantidad de procedencias y posibilidades. Casi una treintena de películas, optaron por adaptar una novela literaria, como por ejemplo, la película Oliver Twist (Roman Polanski, 2005), basada en la obra de Charles Dickens. Otros siete títulos se decantaron por partir de un best seller para construir su guión, como El jardinero fiel (The constant gardener, Fernando Meirelles, 2005) adaptado del libro de John le Carré. Otra posibilidad es partir de un ensayo; como ejemplo podemos citar El hundimiento (Der untergang, Oliver Hirschbiegel, 2004) que bucea en el texto “El hundimiento: Hitler y el final del Tercer Reich” escrito por el historiador Joachim Fest, y también bebe del diario “Hasta el último momento: la secretaria de Hitler cuenta su vida”, coescrito por Traudl Junge (secretaria del dictador) junto a Melissa Müller. Son frecuentes (al menos cinco) las adaptaciones de un relato corto, como El sonido del trueno (A sound of thunder, Peter Hyams, 2005) basada en el relato de Ray Bradbury “A Sound of Thunder” (1952). Cabe también hablar de una categoría (que ronda la decena de películas) que adaptan obras de teatro, tales como El método (Marcelo Piñeiro, 2005), basada en la obra escénica “El método Grönholm”, de Jordi Galcerán. También este año ha sido especialmente fructífero en lo que se refiere a adaptaciones de cómic, arrojando al menos una decena de títulos como Los cuatro fantásticos (Fantastic Four, Tim Store, 2005) que revisita en imágenes de carne y hueso el cómic Marvel que comenzó a publicarse en 1961. Otra posibilidad es adaptar cuentos: Rolo y el secreto del guisante (Princess and the pea, 2002, Mark Swan) está realizada a partir del cuento tradicional de Hans Christin Andersen, “La princesa y el guisante”. Incluso, el origen puede ser un telefilme televisivo, como sucede con Cinco dos veces (5x2, François Ozon, 2004), película inspirada en el telefilme “Two friends”, de Jane Campion (1986). O bien, el texto original de partida puede ser un documental; tal es el caso de la película Los amos de Dogtown (Lords of dogtown, Catherine Hardwicke, 2004), versión dramatizada del documental de Stacy Peralta, Dogtown and Z-boys (2001).
 
No falta tampoco algún ejemplo de adaptaciones de un videojuego como Doom (Andrzej Bartkowiak, 2005); o de series de TV como Dos chalados y muchas curvas (The dukes of Hazzard, Jay Chandrasekhar, 2005), basada en la serie “The dukes of Hazzard” que se emitió con relativo éxito en la televisión americana en los años ochenta. Incluso, es posible hablar de adaptaciones de una pieza musical, como Iberia (Carlos Saura, 2005), que traslada a la pantalla la suite "Iberia" de Albéniz de forma personal y libre. De la misma forma, la radio puede ser un nicho de futura serialidad cinematográfica; véase, por ejemplo, el film Guía del autoestopista galáctico (The hitchhikers guide to the galaxy, Garth Jennings, 2005) que parte del serial radiofónico para la BBC que vio la luz en 1978 y que al año siguiente Douglas Adams, autor de los guiones radiofónicos, plasmó en una novela. Por último, es posible también encontrar textos cinematográficos que se expanden desde un programa de TV, como la película de animación El tiovivo mágico (The magic roundabout, Jean Duval, Frank Passingham, 2005), basada en un programa juvenil clásico en el Reino Unido que fue creado en los sesenta por el francés Serge Danot y más tarde adaptado para la televisión británica por el padre de la actriz Emma Thompson. Una cita e inspiración: el título de Adivina quien (Guess who, Kevin Rodney Sullivan, 2005) hace referencia a la película Adivina quién viene esta noche (1967) en la que una joven blanca, Katharine Houghton, se enamora de un negro, Sidney Poitier.
 
Si de algo ha servido esta profusión de ejemplos es para advertir que las posibilidades de la repetición son ilimitadas, y reconocer que en el cine actual han encontrado un acomodo expansivo digno de atención. Por ello, quizá haya llegado el momento de no condenar, de entrada, un título, por el mero hecho de inscribirse en una cadena serial, pues, como señalamos al comienzo, “repetir” es, al fin y al cabo, un medio de crear placentero para autores y espectadores que invita al reconocimiento y la renovación simultáneos.

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