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Harry Potter: balance de un ciclo

Escrito por José A. Planes Pedreño

Con el estreno de Harry Potter y las reliquias de la muerte – Parte II, finaliza una de las franquicias cinematográficas más amplias de las últimas décadas. Han sido ocho producciones basadas en siete libros –el último quedó dividido en dos películas– y todas ellas han obtenido un gran seguimiento por los espectadores más jóvenes –y no tan jóvenes–, con cifras de recaudación realmente mareantes.

Pero, al margen de su indudable interés sociológico, ¿de qué forma ha influido en el cine contemporáneo, o al menos en el cine made in Hollywood?, ¿qué papel ocupará en las futuras historias del cine? Son preguntas difíciles de responder justo ahora, en mitad de la euforia que las campañas de promoción han desatado entre los aficionados. Pero, una vez más, convendría recordar que si algo nos ha enseñado la Historia del Cine es que la trascendencia de una película hay que medirla fuera de su contexto original, desarmado su aparato publicitario. Porque, sí, el ruido y el furia también pasan.

Surgida de la imaginación de la escritora J. K. Rowling, Harry Potter y la piedra filosofal se publicó en 1997 y constituye la primera pieza de la saga. Rápidamente se convirtió en un fenómeno literario, por lo que Hollywood no tardó en echar sus redes sobre ella, y fue la productora Warner Bros quien logró sus derechos. Desde un punto de vista industrial, la adaptación de Harry Potter y la piedra filosofal (2001), junto a El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001), reactivó el interés por la fantasía, un género que había pasado de puntillas en los años noventa. Gracias al advenimiento de las tecnologías digitales, la fantasía ha podido ser, de hecho, uno de los formatos más cultivados en el cine comercial norteamericano de la primera década del siglo XXI. Además de las ocho películas de Harry Potter, también durante estos años se ha producido la adaptación de las obras de dos autores fundamentales en la literatura fantástica: J.R.R. Tolkien con la ya citada El señor de los anillos, y C.S. Lewis con Las crónicas de Narnia, con tres de sus siete entregas llevadas a la gran pantalla hasta el momento. A ellas hay que sumar otros exponentes com Eragon (2006), La brújula dorada (2007), Stardust (2007) o El príncipe de Persia: Las arenas del tiempo (2010).

La magia y la hechicería son los elementos vertebradores del mundo de Harry Potter y la piedra filosofal, un mundo paralelo al de las personas normales –llamadas muggles– en el que habita una comunidad perfectamente estructurada de magos y hechiceros, llena de conjuros, fantásticas criaturas y objetos animados; y en la cual los más pequeños reciben instrucción en internados especiales. Es el caso de Harry Potter, un niño huérfano que, aunque vive con sus tíos en el mundo de los muggles, ingresa a los once años en el Colegio de Hogwarts de Magia y Hechicería. Allí descubre que sus padres murieron a manos del poderoso Lord Voldemort, el señor Tenebroso; y que él logró sobrevivir a su maldición, algo que le confiere, presumiblemente, unos poderes especiales. A lo largo de las ocho películas, Harry se verá envuelto en muchas aventuras junto a sus dos inseparables amigos, Ron Weasley y Hermione Granger. Su poder irá creciendo tanto como la amenaza que supone la reaparición de Voldemort, al que tendrá que enfrentarse.

Lógicamente, este mundo de magia y hechicería resulta un lugar de ensueño, idílico y seductor para el público infantil, que desearía –y quién no– estudiar en un colegio como Hogwarts, en donde las velas del comedor se sostienen por sí mismas, los cuadros viven, simpáticos espectros interactúan con los alumnos, grandes escaleras se mueven de camino a los dormitorios, y el deporte rey es un juego con escobas voladoras. Hay que reconocer el ingenio y la frescura del diseño de producción para amoldar ese mundo mágico dentro de un estilo de vida británico, contemplado desde una perspectiva irónica y caricaturesca. Pensemos, por ejemplo, en las vicisitudes de Harry dentro de su extravagante familia de adopción y las divertidas anécdotas con que arrancan las tres primeras películas de la saga. Este humor, de acento british, también brilla en la estudiada caracterización de algunos de los profesores que dan clase a Harry, como Gilderoy Lockhart, Sybil Trelawney, Dolores Umbridge, Alastor «Ojo-loco» Moody u Horace Slughorn, todos ellos interpretados por un excelente elenco de actores y actrices británicos, como Kenneth Branagh, Emma Thompson, Imelda Staunton, Brendan Gleeson y Jim Broadbent.

Ahora bien, mostrar las maravillas de este universo fantástico constituye el principal reclamo de las dos primeras películas de la serie, Harry Potter y la piedra filosofal y Harry Potter y la cámara de los secretos (2002), en detrimento de sus historias. En general, esta continua exhibición digital y escenográfica propicia unas digresiones en su mayor parte innecesarias en todas las obras de la saga. Seguro que muchos argüirán que son justificables por el público infantil al que van dirigidas: la excusa perfecta para dar rienda suelta a una sobreexposición de atracciones visuales. Pero, ¿realmente eran tan necesarias? Seguramente no. De hecho, las narraciones habrían sido menos farragosas; y también más despejado el itinerario dramático del personaje principal. Bien es cierto que el panorama cambia a partir de Harry Potter y el prisionero de Azkabán (2004), en donde apreciamos que Harry, a pesar de ser una celebridad, sufre en soledad por la desaparición de sus padres, a quienes continúa añorando. La película ofrece algunas escenas intimistas realmente bellas, bañadas con la excelente partitura musical de John Williams, totalmente alejada del sonido espectacular de las dos primeras entregas.

Conforme avanza el ciclo, el protagonista experimenta, efectivamente, una clara evolución en la que descubriremos el estrecho vínculo que guarda con Voldemort y, por tanto, su proximidad con las artes oscuras. Todo ello le lleva a convertirse en un joven retraído, de gesto triste y casi ajeno a la diversión que a su edad le corresponde por la excesiva responsabilidad contraída. Este paisaje cada vez más sombrío e inquietante es apreciable en las texturas descoloridas de Harry Potter y el misterio del príncipe (2009); pero también en el cariz trágico con que concluyen los hechos. La muerte vuelve a marcar su camino. Y no es casual que, previamente, en Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), Harry sintonice con Luna, tachada de excéntrica por sus compañeros: ambos, seres solitarios, son capaces de percibir criaturas que los demás son incapaces de ver. Así pues, estamos ante una serie de rasgos no originales pero sí suficientes para hacer de él un héroe «consistente». Por el contrario, resulta cuando menos sorprendente la escasa entidad dramática que, a lo largo de la saga, sufren sus amigos Ron Weasley y Hermione Granger… si obviamos sus dimes y diretes amorosos, claramente estirados.

En las últimas películas, el tono infantil remite por completo, pero la línea narrativa de las dos partes de Harry Potter y las reliquias de la muerte recuerda sospechosamente a la de El señor de los anillos: el largo peregrinaje de Harry, Ron y Hermione para destruir los horrocruxes –objetos en los que se encuentra repartida el alma de Voldemort– presenta demasiados puntos en común con el viaje de Frodo Bolsón y sus compañeros por la Tierra Media con el fin de aniquilar el anillo único de Sauron, al que también está ligado. Además de su falta de originalidad, estas dos últimas películas tienen los mismos problemas que las restantes. Así, el trayecto final de Harry Potter se produce en mitad de un ritmo narrativo desigual, metraje desmesurado y una cantidad de información no fácil de asimilar para los no lectores de los libros. De cualquier modo, el ciclo de Harry Potter quedará para la historia como la saga con la que crecieron multitud de niños en la primera década del siglo XXI y, también, como el máximo exponente de un nuevo modo de hacer cine comercial a la luz de las nuevas tecnologías digitales. Obras, por tanto, eminentemente industriales, tendrán, sin embargo, un muy difícil recorrido expresivo con el paso de los años.

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